Cícladas Centrales. El almacén de los recuerdos

Cícladas Centrales. El almacén de los recuerdos

Parece un Gnomo - Cícladas Centrales. El almacén de los recuerdos

 

Seguimos vagabundeando por este paraíso que son las Cícladas. Cada una es un mundo en sí misma, diferente a las otras, como las personas. Nuestras sensaciones son muy positivas en general, entusiastas incluso. Las hay más naturales y  otras más explotadas, unas más turísticas y otras menos accesibles, pero entre todas conforman un archipiélago con enorme encanto. A destacar dos joyas por su autenticidad y singularidad: el fondeadero de Kléftico, al sur de Milos y la Chora (ciudad capitalina) de Katapola, en Amorgós.

 

Milos

Milos nos provoca sensaciones contrapuestas, antagónicas. Por un lado, nos atrapa la belleza de su costa, producto de la eclosión volcánica de la que procede. Nos fascinan las fotogénicas y extrañas formaciones geológicas de sus acantilados rocosos, tan variopintos y exuberantes.

Por otro lado, nos disgusta la invasión turística que transforma y deforma la fisonomía de la isla y su aspecto. Es cierto que hay hermosas construcciones cúbicas blancas, sencillas con variados toques de color en sus puertas y ventanas, nada agresivas, encajadas en el paisaje, pero el entorno está descuidado, desprolijo, con acumulación de basura, vertederos incontrolados y suciedad por doquier, a causa de la sobreexplotación. Desbordada la isla, como algunas otras delas más turísticas (Mikonos o Santorini, a las que no vale la pena ir en velero, en nuestra opinión), por el continuo trasiego de ferries que la enlazan con Atenas y otras islas. En todo caso, disfrutamos de agradables tabernas clásicas, que son fáciles de encontrar, siempre que se busque con detalle e intención de huir de la artificialidad de los numerosos restaurantes “fashion” surgidos para atender a las oleadas crecientes de demandantes y consumistas turistas.

Son numerosos los veleros y goletas que hacen “daytrips” por su costa e invaden sus hermosos fondeaderos y bahías. No obstante, gracias a Dios, por la noche regresan a su puerto base, dejando desiertos aquellos paraísos, salvo por la presencia de algún aislado velero o enorme maxi yate algo más aguas adentro (a nuestro lado fondea, en Kléftico, una de las más hermosas bahías que he visto en mi vida, el “I see”, que desplaza casi mil toneladas y se alquila por el módico precio de 200.000 € por semana. Capricho de adinerados rusos, supongo).

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Felices en un fondeo solitario

 

Folegandros

Nuestra ruta nos acerca a Folegandros, pequeña isla desde cuya costa se vislumbra la joya de su Chora impecable y cuya escueta rada solo admite unos pocos veleros, para continuar hasta Ios, no sin antes vernos sorprendidos por una tan inesperada como atemorizadora tormenta eléctrica, cuyos atronadores rayos -algunos de los cuales caían en un perímetro inferior a una milla de nosotros- nos asustaron como hacía tiempo la mar no lo hacía. La naturaleza nos volvió a recordar que somos vulnerables marionetas en sus frágiles cuerdas.

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Tormenta eléctrica nos agarró de lleno

 

Ios

Ios conserva ese encanto atemporal de las Cícladas, escasamente habitadas, donde las tradiciones se mantienen en lo esencial, con su vida sencilla, naturaleza poco alterada y unos precios tan bajos, en términos comparativos, que atraen turistas de todo el mundo, de igual manera que atraen a los navegantes. Los precios de los amarres de los puertitos públicos son poco menos que simbólicos (entre 5 y 15 € para nuestra eslora, habitualmente con electricidad y agua) y donde la cena en una tabernita donde se degustan algunos de sus deliciosos platos (souvlakis, moussaka, cordero kléftico, pasticcio o tzatziki) con un vino joven de cosechero no sobrepasa los 15 € por persona. Ni que decir del recurso rápido a unos espectaculares “gyros” –parecidos a los kebab turcos, solo que adornados con Tzatziki- que cuestan menos que una cerveza).

Si bien, por otro lado, esta preciosa isla no deja de recordarnos que la civilización llega a cualquier rincón: Se anuncian macro fiestas para jovencitos y en el amarre del pequeño puertito donde apenas nos cobijamos una treintena de veleros, varias veces por hora llegan enormes ferries ultra rápidos que vomitan en pocos minutos centenares de pasajeros y embarcan otros tantos antes de salir de estampida, como alma que lleva el diablo, como autobuseros desquiciados para cumplir con los horarios programados en un atasco.

Su maniobra de atraque tan cercana a nosotros y con unos motores de aterradora potencia, nos agitan como coctelera que hace crujir todas nuestras cuadernas. Pareciera que vamos a quebrarnos. Este es uno de los pocos inconvenientes de estas Cícladas. Los pequeños puertos están pensados para los grandes ferries de conexión interinsular, y para ello tienen  un amplio muelle externo dejando la parte interior, pequeña en general, para el amarre de algunos pesqueros y una veintena de veleros, que resulta a veces incómoda, cuando no riesgosa de roturas por el movimiento de ola y contraola que provocan aquellos. Además están ideados para protegerse de  los fuertes vientos del noroeste (meltemi) pero cuando soplan otros, como ya nos ha ocurrido en varias ocasiones se generan unos “swell” (corrientes provocada por mar de fondo) muy incómodos con fuertes tirones de las amarras de popa y “springs”.

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Salinas en Milos

 

El paseo por su Chora, que como todas ellas se expande en tortuosas callejuelas serpenteantes, blanqueada, inmaculada y agradable, muestra algo de artificialidad, ya que como ocurre en nuestras referentes Altea, Mojacar o Peñíscola, cada casa se ha convertido en un próspero negocio de venta de souvenirs, restaurante o pensión. ¡Quien llegó aquí hace un siglo seguro que lo disfrutaría en su autenticidad!

Como antiguamente ocurría por las calles de muchos pueblos de España, cada mañana se pasean por los pantalanes diferentes camioncitos de vendedores a domicilio: unos ofrecen gasoil, otros agua para llenar los tanques cuando no hay tomas en el pantalán y otros más verduras o pescado fresco. Facilitan la vida.

 

Naxos

La siguiente etapa nos ha llevado a Naxos, la mayor de sus hermanas y cantera de un excelente mármol con el que se esculpió, entre otras hermosuras, la venus de Milos. Torres fortificadas, construidas por los venecianos en el S. XIII, salpican sus calles. Su Chora es también espectacular: densa y extensa, se prodiga por intrincadas callejuelas sinuosas y laberínticas que te desorientan nada más acceder. Asemeja alguna célebre casbah árabe, como la de Argel, solo que más pulcra y cuidada. Preciosa. Un paseo por la isla nos acerca a espectaculares paisajes rurales y poco transitados. Pueblos habitados desde hace veintiocho siglos, en los que la vida discurre con calma y donde los paisanos siguen sentándose a dialogar, en los sorprendentes valles de Filoti y Aspirantos, con una vegetación más verde y abundante de lo habitual en las Cícladas, jalonadas de olivos y vergeles.

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Koufunisia

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Koufunisia al amanecer

Pocas etapas más para cerrar la ruta de las Cícladas. El fuerte viento del note nos hace renunciar a la etapa de Naoussa en Paros, para tomar rumbo sur a dos fondeaderos espectaculares que nos han recomendado algunos nuevos amigos conocedores de la región, donde largar el ancla y toda su cadena para abandonarnos fuera del mundanal ruido: Se trata de Kalantos, en el suroeste de Naxos y después de otra joya, Koufunisia, una pequeña isla cercana.

 

Amorgós

Nuestra última de este mes nos lleva a la hermosa, poco conocida y menos transitada isla de Amorgós, una de las favoritas (según he leído en su libro) por su escasa contaminación, de la navegante, filóloga griega y conocedora de este país como pocos extranjeros, Ana Capsir. Nos amarramos a la griega, es decir, largando el ancla por proa, dando motor atrás, filando mucha cadena para acercar y amarrar la popa al muelle de Katapola, al final de una larga bahía natural, en un precioso puertecito con algunas casas y tabernas, donde afortunadamente el turismo es escaso y se percibe la naturalidad que uno busca en estas remotas islas. La sensación no puede ser mejor. La Chora de Amorgos es la más auténtica que hemos visto.

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Que luz mas vital

 

El almacén de los recuerdos

Para los griegos los significados de los nombres son muy importantes. Esta semana me han preguntado en varias ocasiones que significa el nombre de mi  barco; “Fenque”. A cada pregunta respondí con agrado explicando que así se llamaba mi amigo imaginario de mi tierna infancia con quien yo a veces jugaba, o creía jugar. Esa evocación me trajo múltiples recuerdos de mi niñez; de aquella etapa tan lejana como maravillosa e incierta. Junto a tantas imágenes del pasado, me vino recurrentemente a la cabeza una estrofa musical de mi infancia, sin mucho sentido, que no empleaba ni recordaba desde hace una eternidad. Trataba de quitármela de la cabeza, pero como si ella tuviera vida propia, al cabo de unos minutos insistía tozuda y recurrentemente para de nuevo volver a instalarse en mi pensamiento.

¿Qué desconocidas corrientes o impulsos eléctricos mueven nuestra memoria, llevando o trayendo caprichosamente el pasado o eliminándolos? Pensamientos, frases o imágenes que quisiéramos borrar de nuestro cerebro, que se presentan inopinadamente, sin reclamarlas ni llamarlas, sin sentido ni don de la oportunidad, porque nada pintan ni vienen a cuento, ni son siquiera bienvenidas. Algo que suele ocurrirnos con frecuencia.

Recurrentemente nos asaltan pensamientos, vivencias, recuerdos, canciones o incluso frases, retahílas o simplemente palabras que formaron parte de nuestra vivencias o aprendizajes ocurridos decenas de años atrás y que no queremos rescatar de nuestra memoria, no necesariamente porque sean desagradables o dolorosas, que no tienen porqué serlo, sino porque son insulsas, no aportan nada por ser banales o desubicadas contextualmente y sin embargo no conseguimos borrarlas de nuestro disco duro.

En mi caso, por ejemplo, soy capaz de recitar de memoria la lista de los grandes ríos de Europa, de los reyes godos, la tabla periódica de elementos, la lista de preposiciones o innumerables otras naderías o estulticias. Canciones de campamento o de fiestas de pueblo; poemas cuyo significado ni siquiera entendía cuando los aprendí. Y se presentan de vez en cuando a decir que ahí están. Nuestra mente capta como esponjas todo lo que percibe en la niñez. Por eso es tan importante la educación en valores, razonamiento y conocimientos a edad muy temprana y cuidar con mimo y disciplina tal aprendizaje, base no solo de futuros comportamientos sino también de conocimientos y archivos memorísticos.

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Camino a Pollonia

 

Antagónicamente, en múltiples ocasiones nos ocurre el fenómeno contrario. Tratamos de recuperar un nombre, un título, un recuerdo, una frase, una imagen o incluso algo más general, como era la temática sobre la que trataba un excelente libro que leímos años atrás, una película que nos entusiasmó; el detalle de una conversación que nos dejó marcados por mucho tiempo; el nombre de la persona que significó algo importante en nuestras vidas, o el de un lugar que nos sorprendió e impactó y no somos capaces de encontrarlo en el desván de nuestros recuerdos.

En nuestro ordenador eliminamos documentos con enorme facilidad. Desaparecen liberando espacio y permanecen los que queremos conservar (salvo duendes informáticos que, como las meigas,  haberlos los hay). En nuestra mente no somos capaces de hacer lo mismo. ¡Que poco poder y control tenemos sobre el almacenamiento de nuestra mente! Esto me lleva a preguntarme si no podríamos de algún modo ser capaces de manejar el baúl de nuestra memoria como manejamos los archivos del disco duro de nuestro ordenador, en el que sí decidimos lo que archivamos y donde lo hacemos, así como lo que queremos eliminar temporal o definitivamente.

Aquello que decidimos suprimir por completo de nuestros archivos en el portátil, jamás vuelve a importunarnos, ni a ocupar un espacio que quisiéramos rellenar con otros “archivos” que sí nos parecen más importantes o simplemente forman parte de nuestro deseo de conservar,  recuperar o recrearnos en su contemplación.

¿Es tan autónoma nuestra mente respecto a nuestra propia voluntad o capacidad de decisión? ¿Cómo puede ser que creemos inteligencia artificial y no seamos capaces de ordenar nuestra propia inteligencia? Si tenemos tan poco control sobre nuestra mente, me pregunto si tenemos realmente control sobre nuestros pensamientos, nuestras ideas o nuestras voluntades. ¿Somos realmente los seres autónomos y decisorios que creemos ser? Me temo que bastante menos de lo que nos creemos.

Pero volvamos a la mar que es nuestro objetivo. Nos encontramos pues en Amorgos, disfrutando de paseos, baños y lecturas en las horas de tranquilidad, que aprovechamos para ir obteniendo información en derroteros, guías y otras fuentes para preparar la ruta más atractiva para el Dodecaneso, no solo sobre vientos, puertos o fondeaderos o lugares de interés cercanos al puerto de amarre, sino también, como no, leyendo alguna novela, ensayo e historia griega. No tantas como nos gustaría de la pila que teníamos preparadas porque el tiempo vuela y siempre hay cosas por hacer, ya que la mar y el barco siguen siendo exigentes debido a lo errático y cambiante de la meteorología en este cautivador, al tiempo que exigente, Egeo.

 

Google+ Cícladas Occidental. La afición por viajar

 

Si queréis ver más fotos de las Cícladas centrales, entrar en este enlace.

 

Katapola, Amorgós, 1 de julio de 2018.

Autor: José Muro.

 

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