Cícladas Occidental. La afición por viajar

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El puerto de Serifos desde la Chora - Cícladas Occidental. La afición por viajar

 

Estamos desde principios de este soleado mes de junio descendiendo por las Cícladas occidentales, en el Egeo, tras unos días de descanso en Atenas. Un tiempo en el que siempre hemos estamos acompañados. Muy bien acompañados. Después de que el eficaz Dani se sumara como tripulante en la exigente travesía desde Italia hasta Atenas, tuvimos la suerte de disfrutar de una excelente acogida por parte del actual embajador de Uruguay en Grecia, Enrique -gran amigo de la infancia de Mariela- y de su encantadora mujer, Mercedes. En el Pireo se incorporaron a bordo una pareja de amigos, Inés e Iván, que vinieron a compartir unos días en el Fenque y a su partida nos visitaron en Serifos las queridas Macarena y Camila. No hemos estado nunca solos.

Un placer compartir con todo ellos, así como con los nuevos amigos navegantes, que surgen cada día por la vecindad y ayuda en los amarres, con los que intercambiamos historias, anécdotas y risas, mientras nos deleitamos con unos buenos caldos locales. En estas singladuras vamos descubriendo lugares, rincones y paisajes, pero lo que es aún más gratificante, vamos haciendo amigos en cada puerto. Gente interesante y encantadora, abierta, alegre, que ha decidido dejar sus rutinas y enrolarse en un pequeño velero a surcar estos mares de Dios, aventurarse ante lo desconocido. Inolvidables veladas con los británicos Dave y Angela; los holandeses Hans e Ingrid, los alemanes Rudi y Helena, los españoles José Luis y Maria Eugenia y su gran tripulación gallega (Mónica, Bea y Manueles) y tantos otros más. Una suerte conocer a toda esta gente. En nuestra vida ordinaria no conocemos a gente tan interesante.

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Con nuestros amigos holandeses Hans e Ingrid

 

Tras un inolvidable fondeo en el cabo Sounion, donde las iluminadas ruinas de su templo proyectaban un aspecto irreal en la noche estrellada, emprendimos rumbo sur, para descubrir las áridas y rocosas islas, azotadas por el implacable “meltemi”. Ya hemos sentido sus primeros embates y “caricias”. A causa del permanente viento que las barre y de su origen volcánico, el aspecto que presentan las Cícladas, desde el mar, es yermo, rocoso, sin apenas vegetación apreciable, como puede ser el altiplano boliviano o la costa peruana, moteada de casitas o aldeas de un blanco inmaculado, encaramadas sobre elevados riscos, con sus puertas y ventanas pintadas por una paleta multicolor de tonos pasteles que se expande en un abanico cromático con preponderancia de azules (aunque no exclusivamente) para la que las palabras acuñadas sobre colores posibles se quedan escasas. Es inabarcable la cantidad de variantes diferentes de cada color básico.

Paisaje lunar, con caminos serpenteantes, torrenteras y vaguadas sorprendentemente verdes, sobre acentuadas pendientes y bravas quebradas donde solo las cabras saltan sobre sus riscos Pequeñas aldeas, plácidas, de una tranquilidad absoluta y pobladas por gente de bien, donde pareciera que el tiempo se detuvo décadas atrás. Es como un reencuentro con la infancia, a pesar de lo diferente del paisaje. Humildes gentes, con orgullo patrio, virtuosos, sin pretensiones nacionalistas, pero con certeza de valores. Admirables griegos.

Tras una breve circunnavegación por Kea, decidimos continuar al sur para amarrar en Kythnos, en cuyos dos apacibles puertos -oriental de Loutra y occidental de Merikhas- atracamos (tras un fondeo en la espectacular protegida y profunda bahía con tintes caribeños de Kolona). Su Chora (capital de casitas blancas que se engalana sobre un escarpado promontorio) nos cautiva por su sencillez y pulcritud. Como esos pueblos blancos de Cádiz, encalados con regularidad para estar siempre relucientes y mostrando ese carácter hospitalario que solo los isleños poseen.

La siguiente escala nos lleva a Serifos, algo más moderna y turística, aunque en lo esencial mantiene el mismo estilo que su vecina. Su pequeño puerto, bajo la elevada y reluciente Chora es acogedor. Se encuentra cerca de la bahía de Koutalás, cuyo fondeo para el baño en aguas inmaculadas es de obligatoria parada, ya que está rodeado de montañas agujereadas como un Gruyère con antiguos pozos de minería de hierro, ya hoy abandonados. Irreal paisaje.

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La Chora de Serifos

 

En nuestro camino hacia el este, hacia el Dodecaneso, se nos presenta la disyuntiva de optar entre dos posibles alternativas, ambas atractivas: la ruta norte (Syros-Mikonos) o la sur (Sifnos-Milos-Folegandros) para converger en ambos casos en las Cícladas centrales (Antíparos, Paros, Naxos, etc.). Optamos por la ruta sur. Uno siente, en estas aparentemente desoladas islas, la cercanía de la humanidad, de la naturaleza impoluta, del tiempo detenido. Paz y armonía, tan difícil de encontrar en nuestro convulso mundo.

Sifnos sigue siendo una caja de sorpresas. Breves recaladas de baño e inspección en su preciosas bahías occidentales de Georgios y Kamares, para fondear en la noche en la gran bahía de Vathi. Un paraíso cuidado y prolijo. Ya nos encontramos en Adhamas, puerto de recalada en la volcánica Milos, la mayor de las Cícladas que nos abre una rada enorme, con un puertito pequeño pero protegido, aunque hemos tirado varios springs para asegurar el Fenque ante un suroeste incómodo. Se esperan vientos fuertes para la noche y días venideros, así que nos quedaremos aquí a esperar y disfrutar de esta isla y sus atractivos.

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Una tabernita en Koutala, Serifos

 

Hace unas semanas leía al admirado maestro Pérez Reverte quien sostenía en un artículo la tesis de que esta civilización occidental no la va a destruir el islamismo radical ni la emigración desesperada, sino el turismo de masas. Suscribo tal opinión y me viene al caso para recrearme en una reflexión. Incluso en estas remotas islas, transcurridos tan solo dos años desde nuestra anterior visita, estamos notando un exponencial crecimiento de turistas y visitantes que se mueven por el afán consumidor de las modas imperantes.

Emile Zola escribió que “nada desarrolla tanto la inteligencia como viajar” y San Agustín afirmaba que “el mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página”.

Si bien ya hace años que a los tradicionales veleros tripulados por sus armadores, que se desplazan desde nuestros puertos de origen en cualquier lugar de la Europa occidental se unen grupos de aficionados que alquilan veleros ya aquí en las islas, en flotilla o en grupo, para pasar una semana navegando en un barco, sintiéndose piratas del caribe, ahora se han unido millares de rusos, croatas, polacos, etc. Quienes, de igual modo, en grupos numerosos (hemos llegado a tener amarrados simultáneamente en cada amura dos barcos de 60 pies cada uno con 12 personas a bordo respectivamente), maleducados, burdos, groseros, que ni siquiera han saludado al entrar al amarre, como elefante en cacharrería….

Ni saben navegar ,ni tienen aspecto de que les apasione o siquiera les guste mucho. Me pregunto por qué están aquí, porque viajan de este modo, porqué esta desaforada afición sobrevenida. ¿Será una respuesta natural a su aumento de poder adquisitivo, como cuando en España llegó el desarrollismo en los años 60 y con ello la masiva huida a las playas?

La mayoría de las personas, cuando son preguntados por sus aficiones, citan la palabra“viajar” muy frecuentemente como la más destacada afición. Algunos nos sentimos nómadas y nos gusta viajar continuamente, necesitamos ese cambio permanente de escenario, así como el estímulo que genera en nuestros sentidos. Otros, en cambio, prefieren hacerlo ocasionalmente.

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Cada casa es una sorpresa en Serifos

 

Viajar, como regla general, nos permite soñar con remotos destinos paradisiacos, con situaciones novedosas, con el encuentro con personas diferentes e interesantes. Pero si van en grupos, por docenas, difícilmente pueda experimentar esas sensaciones. Se diluyen.Por otra parte el viaje nos permite recrearnos e ilusionarnos con el estudio y planificación de la ruta; seleccionar nuestras preferencias, cosa que tampoco parece que estos individuos hagan. Por falta de tiempo, interés o criterio optan por apuntarse a este tipo de “viaje organizado”, donde ya todo está resuelto y no hay que pensar en la ruta, ni resolver situaciones, sino solo disfrutar de lo que se les ofrece dirigidos por su “capitán”.

Por el contrario, quien se embarca en un pequeño velero, , individualmente, de a dos o en pequeños grupos, responde a otro patrón de comportamiento. En general se trata de alguien que valora el desafío y los retos, alguien que quiere descubrir y resolver por sí mismo las situaciones sobrevenidas, a sabiendas de que eso conlleva costes, un mayor esfuerzo y la certeza de que, en ocasiones, se equivocará y afrontará situaciones de inseguridad.

¿Cuál es la razón de que esa afición a la aventura náutica esté cada vez más extendida? ¿Será el afán de conocer lugares y personas nuevas o de salir de la vida cotidiana y del estrés que nos genera el trabajo o las obligaciones? ¿O será simplemente una respuesta a las modas imperantes impuestas por la publicidad con esos preciosos veleros donde unas esculturales ninfas se bañan de madrugada?

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Espectaculares y prolijas aldeas en Sifnos

 

Hay quien tiene como motivación contemplar paisajes, deambular por museos u observar obras de arte. Aunque la gran masa de nuevos turistas se conforma con fotografiar cualquier lugar famoso u obra conocida, para demostrar en su cuenta de Facebook que él estuvo allí. ¡Qué cambio de paradigmas! Recientemente tuve el lujo de poder realizar una visita al Louvre, en compañía de mi amiga Liliana, profesora de arte en la Universidad de Lima y especialista en el Renacimiento, con la intención de disfrutar de algunas pocas obras de mi interés, entre ellas la Victoria de Samotracia. Pues bien, en los pocos minutos que debimos estar ante la contemplación de tamaña obra, decenas de personas se acercaban a la escultura, se hacía un rápido “selfie” con ella detrás, ignorándola, yéndose tan deprisa como llegaron, sin dedicarle ni una triste o tangencial mirada. ¡El trofeo era la foto y ya lo tenían!

No cabe duda de que los viajes, si se emprenden de un modo activo y preparado, tienen mucho de positivo para quien los acomete, por varias razones evidentes. En primer lugar por romper o abandonar las rutinas y sacarnos de la cotidianidad, nos permiten vivir más el presente, agudizar nuestros sentidos sensoriales, regresar a estadios más primarios y estar más perceptivos sobre el entorno, amenazante o distendido.

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Vista de Loutra, en Kithnos

 

De algún modo nos quitamos las orejeras, ya que al afrontar lo desconocido tenemos que estar permanentemente tomando decisiones. Al no estar guiados o contaminados por lo que ya conocemos o por las rutinas, podemos percibir más intensamente el exterior.

También miramos al interior de cada uno, al descubrir cómo nos comportamos ante hechos nuevos o situaciones insólitas o desconocidas. Finalmente descubrir estos nuevos escenarios con toda su riqueza y enorme fuente de estímulos, renueva nuestra energía, nos vigoriza y nos ayuda a entender otras situaciones diferentes, a eliminar prejuicios, a tener mayor amplitud de miras y de criterio. A abrir nuestra mente y nuestro corazón. Pero exige de una actitud y de un esfuerzo que la mayoría de estos turistas no están interesados o dispuestos a realizar. Por eso nos gusta viajar ¡Pero, por Dios: Viajad con criterio, ilusión y sintiendo el placer del viaje!

 

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Si queréis ver más fotos de las Cícladas occidental, entrar en este enlace.

 

Milos, 15 de junio de 2018.

Autor: José Muro.

 

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