Espíritu de las Cícladas. Literatura para el alma

Espíritu de las Cícladas. Literatura para el alma

Nisida Keros al fondo - Espíritu de las Cícladas. Literatura para el alma

 

El meltemi manda. ¡Y manda mucho si uno quiere disfrutar!

“Prisioneros” en Amorgós -que delicia de prisión- por el permanente viento fuerte que, día tras día, nos ha impedido desplazarnos hacia el este, hacia el Dodecaneso, como era nuestra intención inicial. Gracias a ello hemos podido disfrutar de unos días de descanso en la que, a nuestro parecer, es una de las más atractivas islas del egeo, por mantener su carácter incontaminado y su pureza secular.

Definitivamente las Cícladas nos han cautivado tanto que hemos decidido mantenernos en el oeste del Egeo y explorar algunas islas más y la costa norte del Peloponeso lo que queda del verano. ¡Queda tanto por descubrir! Ello unido a que en el Dodecaneso, en contra de lo que es habitual otros años, el meltemi está resultando mucho más intenso y duro que aquí, y a la constatación de que nuestra pretensión de saborear las Cícladas, las islas del Dodecaneso, costa turca y Creta en tres meses era demasiado ambiciosa (y nos obligaba a llevar un ritmo muy rápido y a renunciar a demasiados lugares de interés) hemos optado por concentrarnos en esta región occidental del Egeo y dejar para el año próxima la oriental. Así podemos llevar un ritmo pausado, saboreando puertos, fondeaderos, excursiones y arte.

Amorgós no tiene desperdicio. Apenas una carretera la recorre de norte a sur, con epicentro en su reluciente Chora. Casas de formas cúbicas e iglesias octogonales, todas inmaculadamente blanqueadas, con puertas y ventanas de los azules más variopintos, adornadas aquí y allá con grandes buganvillas de vivos rojos y morados, se escalonan por tortuosas y laberínticas callejuelas y placitas.  La isla apenas está habitada y se mantiene impoluta. Una delicia el fondeo en Kalotiri y especialmente el puerto de Katapola, donde hacemos muchos amigos navegantes. Las excursiones con coche por el interior nos hacen disfrutar de paisaje y aldeas, hasta las playas de Aegili en el norte y Muros en el sur. Ojalá se mantenga por muchos años.

Entre los amigos que hicimos conocimos a una californiana que, emulando a Julia Roberts en la película “Comer, rezar, amar”, tras un divorcio y replanteamiento vital, decide renunciar al tipo de vida acomodada que tenía y emprende un proceso de búsqueda de sí misma que la lleva finalmente a esta isla, donde conoce a un griego encantador e inicia una nueva vida, a caballo entre su amada San Francisco y esta pequeña isla del egeo. Hay veces que la realidad supera a la ficción. Con su novio, Michael, hemos aprendido mucho sobre los griegos, tan tradicionales y clásicos en sus comportamientos.

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Chora de Amorgós

 

Una pregunta inevitable que le formulamos es el porqué de la enorme extensión de iglesias ortodoxas de cualquier tamaño, algunas tan minúsculas como un zulo. Tan solo en esta pequeña isla de Amorgós, de escasamente 1.800 habitantes, hay más de 400, algunas diminutas. Y casi todas ellas privadas, pertenecientes a una familia que, en caso de no poder mantenerla, la donan al monasterio al cargo. El origen, nos explica, no es que sean tan religiosos y devotos, sino que en tiempos de la ocupación otomana, para evitar la fuga de los griegos de la isla los conquistadores, para evitar la deserción masiva de mano de obra necesaria en las islas,  les concedieron el privilegio de la exención de impuestos a los propietarios de cualquier iglesia, por lo que los griegos desencadenaron una construcción masiva, cada uno en función de sus posibilidades.

Tras una semana en puerto sin navegar, estamos ávidos de fondeos, de alejarnos de tierra firme y no salir del Fenque salvo para nadar y para acercarnos a la orilla a cenar en alguna tabernita aislada. Así que nos tomamos esa otra semana de fondeos continuados. Afortunadamente las placas solares cargan suficiente energía y el agua dulce, bien controlada, nos ha sido suficiente. Rumbo oeste decidimos fondear de nuevo en dos lugares muy especiales que nos había gustado mucho: Koufunisia y Kalandón (Naxos sur).

El primero es la que llaman los griegos “la nueva Mikonos” antes de que aquella se convirtiera en lo que es. Exclusiva, pequeña y cuidada en cualquier detalle es lugar preferido de vacaciones de gente de Atenas amante de lo natural. Caminos de tierra y hermosas playas de difícil acceso. Me recuerda a Fornells, en Menorca. El segundo se trata de una bahía protegida, donde aparte de media docena de veleros fondeados, solo se ven cabras, ovejas y algún burro, donde hay una improvisada taberna estacional, en verano, de lo más rudimentaria y amable.

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Andan por los riscos de cualquier parte

 

Navegamos alrededor de la pequeña isla de Schinousa en la que hay un delicioso puertito- Mirsini- al fondo de una profunda y estrecha bahía, para llegar ya en la tarde a una bahía amplia y que finaliza en una lengua de arena e islote, entre la isla de Despotikó y el sur de Antiparos. Otro lugar donde largar ancla y mucha cadena y detener el tiempo durante unos días.

Una de las delicias de estar fondeado sobre arena, en bahías poco profundas, tras comprobar que el ancla está clavada bien firme y que hay suficientes metros de cadena apoyados en el fondo, es la relajación que nos provoca el dulce mecer del mar y la tranquilidad de que aunque el viento suba estamos firmemente sujetos para disfrutar sin estrés de la lectura, de observar el paisaje, el cambio de aspecto a causa de la luz a lo largo del día, de algunos baños y de contemplar por la noche el universo plagado de estrellas, sin interferencias lumínicas.

No nos iríamos de ningún lugar, pero hay que seguir si queremos conocer nuevos sitios. La siguiente etapa nos lleva a ascender por la costa este de Antíparos, hasta su fondeadero del mismo nombre, frente a un pequeño y agradable pueblo. Finalmente, la última etapa de esta quincena nos lleva al puerto de Parokía en Paros, donde nos quedaremos varios días y donde pretendemos recorrer la isla por el interior.

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Kufunisia es espectacular. La nueva Mikonos aún sin masas

 

Volviendo a nuestra etapa, me gustaría destacar lo bien que se está comportando nuestro Fenque en las duras condiciones que en algunos momentos estamos teniendo. Con viento real de 20 nudos por el descuartelar, dos rizos en la mayor y 2/3 del Génova desenrollado manteníamos una velocidad media de 7.5 nudos, tomando muy bien la ola. Es cierto que las condiciones climáticas de esta parte del mediterráneo son más complicadas de lo que estamos acostumbrados, por lo racheado y cambiante a causa de las islas. Además, la predicción meteorológica en rara ocasión se ha cumplido. En general siempre hemos encontrado vientos mucho más fuertes de lo previsto y lo que es peor, habitualmente muy racheados, con intensidades muy cambiantes que nos obligan a llevar poco trapo para aguantar la ráfaga.

Los fondeos nos permiten tiempos de asueto para hacer algo que desde hace años tenía ganas, pero mis ocupaciones me lo impedían: leer, no solo libros de autores contemporáneos de mi agrado, sino disfrutar de algunos clásicos, como Suetonio, Plutarco, Joseph Conrad o Jack London. Sus reflexiones y enseñanzas son eternas, no han pasado de moda y nos muestran aspectos de la condición humana que nutren el alma y son una enseñanza sobre el arte de vivir.

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Los ancianos siguen disfrutando de sus tabernas

 

En estos días que hemos sufrido algunos vientos difíciles, me he encontrado, pareciera que a propósito, con una breve recensión de la “Antología de Spoon river” de Edgar Lee Masters, en que alude la vida en términos náuticos,  cuando dice: “Y ahora sé que debemos desplegar las velas y coger los vientos del destino, adondequiera que lleven al barco”. La nave anclada en el puerto con las velas recogidas, representa en palabras de su protagonista, la renuncia a vivir, con los riesgos y logros que vivir conlleva. Anima a no temer a encontrar el amor, a afrontar dificultades, a perseguir aspiraciones o metas, sin que el temor a fracasos, desengaños o a la asunción de riesgos nos dejen en puerto. Una loa al coraje a arriesgarse, a afrontar los miedos, los gozos y las experiencias de la navegación por la vida, porque “quien recoge velas y queda anclado en puerto, aunque no corra riesgos, muere en la inmovilidad”.

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Potente tormenta sobre Amorgós

 

Entre las lecturas que me han absorbido estas semanas, hay una que quisiera resaltar: Relacionada con la antigua navegación a vela, he disfrutado mucho releyendo a Joseph Conrad, en la formidable colección de crónicas de su época de marino que conforman el breve, pero intenso libro, titulado “El espejo del mar”, en el que narra, con asombrosa maestría, relatos vividos en la mar, antes de dedicarse por entero a la literatura. Es insuperable su elaborada y preciosa prosa en la que como él mismo manifiesta, “se trata de la confesión de su relación con el mar, que se inició misteriosamente, como cualquiera de las grandes pasiones que los dioses inescrutables envían a los mortales, se mantuvo irracional e invencible…desde el primero hasta el último momento”. Creo que nadie ha escrito vivencias en el mar con esa profundidad, maestría y arte. Brutal. Maestro entre maestros.

Cuenta J.C, entre otras muchas, una anécdota que es una enseñanza para cualquier navegante particularmente en este mar de vientos violentos y condiciones muy cambiantes, vivida siendo tercer oficial primerizo en un velero tipo Clípper, cuando sometidos por un temporal en que las olas eran montañas de una cegadora espuma blanca amenazante, y el barco galopaba como poseso en ese mar embravecido, volviéndose ingobernable a causa de la escora y el brutal viento, con todo el trapo arriba por orden del segundo de a bordo, aparece en cubierta el capitán y le dice: ¿que se propone usted hacer con mi barco? A la respuesta del subalterno “pues el barco parece aguantar muy bien” el capitán le responde indignado: “cualquier idiota puede desplegar mucha vela en un barco”.

En efecto, la pericia consiste en saber cuándo hay que reducir el trapo y la inteligencia no es más que adaptarse a las cambiantes circunstancias, cuando hay que tomar rizos, arriar velas o replegarlas, sin llegar al momento de rotura o poner en riesgo el barco y su tripulación. Esta enseñanza es muy útil en el Egeo  donde nos ha sorprendido lo efímero de las predicciones, lo cambiante de la situación en un momento, lo variante de los vientos. Mucho más exigente que lo que conocíamos hasta ahora. No dejamos de aprender.

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Katapola, Amorgós, al atardecer

 

Google+ Cícladas Centrales 2: entre Amorgós y Paros

 

Si queréis ver más fotos de las Cícladas centrales, entrar en este enlace.

 

Parokía, Paros, 16 de julio de 2018.

Autor: José Muro.

 

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