Golfo Argólico. La búsqueda de la felicidad

Golfo Argólico. La búsqueda de la felicidad

Argolla pintada por Cristina Palazón - Golfo Argólico. La búsqueda de la felicidad

 

El verano toca a su fin y regresamos a los cuarteles de invierno. Todo lo bueno se acaba, tiene un inicio y un fin.

Arrancamos esta última etapa en Navplion y la concluimos ayer en Koiladha, bahía en la que sacamos el Fenque del agua a un moderno varadero en tierra firme para invernar a buen recaudo, hasta la próxima primavera.

Navplion es una ciudad diferente, cruce de muchas culturas, con un castillo medieval en lo más alto, a modo de atalaya y rodeada por una muralla que la protege de amenazas exteriores. Fue la primera capital de la Grecia independiente en el siglo XIX. Su casco antiguo es recoleto y agradable, surcado por callejuelas muy floreadas con enormes buganvillas y plagada de cafés y pequeños restaurantes. Es un centro de veraneo popular, relativamente cercano a Atenas por carretera.

Golfo Argólico

Plaza Navplion

 

Regresamos por el golfo Argólico para fondear reiteradamente en pequeñas calas de aguas turquesas y excelente protección de los frescos vientos dominantes (noroeste por las noches y sur en las tardes), como son Korakas, Khinitsa o Zoyioryia, en uno de los tramos probablemente más hermosos, a nuestro parecer, de las interminables costas griegas. Se trata de un pequeño recorrido de muy frondosa vegetación, por su costa norte, que discurre entre Portokelli al oeste y Metochi al este. Unas pocas millas de sorprendente belleza, por el entorno tan cuidado entre mansiones integradas en el espacio, sin suntuosidad, con tupidas arboledas, prolijas construcciones y cuidados jardines. Es uno de los mejores ejemplos de construcción costera que hemos visto en el Mediterráneo.

Aquí tuvimos un episodio un tanto repugnante que, afortunadamente, se resolvió sin mayor problema, causado una negligencia mía, por dejar la tabla de acceso al barco permanentemente instalada día y noche, sin retirarla, como suelo hacer. Debo antes decir que en Navplion, al contrario de lo que es habitual en Grecia, nos sorprendió la ausencia de gatos por sus calles y sin embargo había muchos aparatos raticidas. Nos amarramos en el muelle para barcos de recreo, que está contiguo al muelle comercial en el que atracaban bastantes cargueros y en el que generalmente había actividad portuaria. Pues bien, la primera noche después de partir, fondeamos en una preciosa bahía, cenamos en cubierta y estábamos relajados, escuchando música, disfrutando de un vino, del paisaje nocturno y de la suave brisa, cuando sentí un movimiento a mi espalda. Me volví raudo y vi una rata grande corriendo hacia la proa, alejándose de mí.

Golfo Argólico

El puerto de Hidra es un caos

 

Mi reacción inmediata fue la de saltar, alarmar a Mariela para entrar ambos deprisa a cerrar todas las escotillas y el tambucho de bajada. Después pensé que si estaba hambrienta mejor sería ponerle algo de comida en la parte más baja del espejo de popa, para de este modo entretenerla y evitar que tratara de entrar al interior. Puse un trozo de carne en el pequeño escalón que forma el tapón del tanque de agua en la vertical de la popa, donde, si la rata lograba bajar, quizás no pudiera subir de nuevo. Cerramos todo a cal y canto y nos fuimos a dormir, inquietos por la situación, porque si lograba entrar tendríamos un problema para sacarla. Por la mañana no quedaba resto alguno de la comida y había dejado evidencia de su presencia, con excrementos evidentes a pie de mástil. Concluimos que si seguía a bordo, solo podía haberse escondido dentro del hueco de la botavara o bien dentro del “lazy bag” que hace de bolso de la vela mayor. No había más alternativas, así que nos armamos con un bichero cada uno y comenzamos primero a golpear la botavara y a meter el bichero adentro. Allí no estaba, así que solo quedaba izar la mayor y estar atentos a su posible movimiento en el saco para arrojarla al agua. Para nuestra agradable sorpresa, con toda la vela arriba y el “lazy bag” abierto y colgando, tampoco había rastro alguno. Afortunadamente, como pudimos también constatar en los sucesivos días, ya que pusimos queso en varios lugares y allí seguía siempre intacto, además de que no hubo más residuos suyos, o bien se fue nadando (estábamos fondeados muy cerca de tierra) o se cayó al agua al ir a comer nuestro cebo, pero nos libramos de un mayor susto y de una preocupación lógica.

Volviendo al recorrido de estos días, navegamos de vuelta por algunos de nuestros lugares preferidos, como Poros, Moni, Metopi, Hidra o Ermioni y a otros nuevos como PortoKelli, Zoyioryia, Astrou o Koiladhia. Este tramo del Peloponeso es sin duda nuestro favorito.

Golfo Argólico

Saliendo de Hidra

 

De los lugares visitados no puedo por menos que mostrar la decepción sentida en Portokelli, pueblito que si bien se encuentra ubicado en una enorme y segura bahía, no ofrece ningún atractivo. Soso y muy caluroso. Por el contrario, merece destacar positivamente especialmente la belleza y armonía de la isla de Spetses. Lugar recomendable, sin lugar a dudas.

Se trata de una isla cubierta de vegetación -pareciera invadida por el exultante verde- donde pinos y cipreses colman sus laderas y acantilados, llegando hasta la orilla inmaculada. La jalonan preciosos fondeaderos de aguas transparentes y limpias para llegar a una ciudad diferente, coqueta, que disfruta de un tranquilo y largo paseo marítimo en la que se respira tranquilidad y sosiego. En la isla no están autorizados los coches (aunque si hay algunos taxis, así como abundantes motos y quads) y el sonido de los cascos de los caballos que tiran de las calesas hacen el paseo muy agradable.

Su puerto, Baltizas, es un ejemplo de aprovechamiento de los lugares naturales sin necesidad de gastar fortunas en obra pública de acondicionamiento. Está muy concurrido por todo tipo de barcos, desde pequeños pesqueros que se amontonan en triple fila, hasta ostentosos yates a motor, que se suceden al lado de veleros, ferries, taxi-boats y preciosos caiques construidos al modo tradicional, totalmente de madera, hasta los mástiles. Cualquier lugar sirve para fondear/amarrar. Solo hay que echarle imaginación y voluntad. En las zonas del muelle donde hay calado suficiente nos amarramos cuantos barcos podemos. Otros se abarloan sujetos al vecino. Donde apenas hay profundidad, los barcos fondean más afuera del muelle y largan amarras de 50 metros o incluso más a tierra, para alcanzarla con sus botes auxiliares. Es bastante caótico y algo estresante cuando van llegando nuevos barcos y tratan de encontrar lugar donde pareciera que no lo hay, pero funciona, y al final del día todo el mundo se acomoda de un modo u otro.

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El abigarrado puerto de Baltizas

 

En el norte de Spetses hay una bahía espectacular llamada Zoioryia, en la que hemos fondeado varias veces y siempre nos ha dado enorme pena alejarnos. Pues bien, en este mundo de navegantes te encuentras con todo tipo de personas de diferente clase y condición. Algo fuerte nos une por encima de profesiones, experiencias y vida fuera del mar. Estábamos allí sesteando cuando me sorprendió el acercamiento de una zodiac grandecita ocupada por cinco personas: dos octogenarios, un hombre de mediana edad y dos marineros uniformados, una en proa y el otro al mando. Se acercan a nuestra amura de estribor y el señor de mediana edad, a la vista del pabellón español me pregunta sobre nuestra procedencia. Así entablamos animada conversación, durante unos minutos. Me comentó que es canario, de Santa Cruz, que tiene casa en esta joya de isla que es Spetses y cuál es su espectacular barco, de pabellón maltés, que hemos visto en repetidas ocasiones durante este verano. Ya al irse nos presentamos por nuestros nombres, intercambiamos teléfonos y mails y nos emplazamos para un encuentro en el futuro. Cuando me da su nombre me deja sorprendido. Alfonso, dice tímidamente y añade, Alfonso de Orleans-Borbón. Acostumbrado a un país donde todo el mundo alardea de su supuesta estirpe y orígenes, al fin alguien que es noble por los cuatro costados sin presumir de ello. Chapeau!!

No sé si ante el inminente regreso a la vida ordinaria, alejada de este vivir vagabundo, mi mente se activa en modo “tierra” o bien el estrés se reactiva, pero durante este mes, cada noche tengo muchos sueños e incluso pesadillas. Y en esa virtualidad onírica, me sorprende la cantidad de personas olvidadas en mi vida que han reaparecido en los sueños, que sobreviven al pasado. Quizás sea consecuencia de que mi mente está menos ocupada, porque la navegación está siendo mucho menos exigente, relajada y el cerebro tiende a mantenerse hiperactivo cuando descanso. Es su hábito. Toda mi vida le he exigido mucho y ahora se resiste a estar pasivo. ¡Quién sabe! Curiosamente lo relaciono (ya que estoy leyendo “Vida de los doce Cesares” de Suetonio) y constato lo importante que para las antiguas civilizaciones era el contenido y la interpretación de los sueños, cuando en nuestra sociedad actual se desprecia y carece de importancia. En otras áreas del saber, como las matemáticas o la astronomía, si tomamos la herencia de griegos y romanos, pero a esta rama del conocimiento no le damos importancia, quizás considerando que no era científica o que tenía mucho de superstición inculta, cuando para ellos no lo era en absoluto. Misterios de nuestra mente. Quizás algún día seamos capaces de entender e interpretar su funcionamiento e interconexiones y por qué nos lleva a vivir aventuras oníricas con personas que hace muchos años, incluso décadas, que salieron de nuestras vidas. Estoy sorprendido con la gente que no veía ni recordaba desde mi infancia o adolescencia y ahora regresan en algunos sueños. Tendré que releer a Freud (no, mejor que no…).

Golfo Argólico

Novios posando

 

También para la antigua civilización griega era muy importante la felicidad y se preocupaban -en mayor medida que nosotros- por cómo alcanzarla. Todos queremos ser felices en lo posible, qué duda cabe. Y muchos nos preguntamos: ¿que contribuye en mayor medida a ese logro? Acabo de leer un informe científico de la universidad de Harvard sobre la felicidad que me parece interesante compartir aquí. Se trata del trabajo científico de un nutrido grupo de varias generaciones de psiquiatras y psicólogos sobre la felicidad. El estudio de mayor duración temporal jamás emprendido, pues comenzó en 1938 y siguen investigando a las pocas personas que aún sobreviven, además de a otras nuevas. A lo largo de 75 años han venido analizando, cada dos años, los comportamientos y satisfacción de 700 adultos (entonces adolescentes), además de otra serie de variables, mediante entrevistas, videos, análisis de salud y psicológicos, funciones cerebrales, etc., para averiguar que les hace felices en la vida. Comenzaron con adolescentes de diferentes tipologías y pertenencias sociales, clases altas, medias y de barrios humildes, incluso marginales en Boston y han ido ampliando el número de participantes en el estudio con sus hijos y nietos, siguiendo hoy a 2.000 personas. Es el único proyecto con tan enorme duración. Hoy aún viven 60 personas de los 700 iniciales. Pues bien, la conclusión de tanto análisis es rotunda: No nos hace más felices, como muchos pudieran pensar, el dinero o la fama. Ni el poder ni el éxito social. Su conclusión es que las personas más felices y más sanas son las que ha tenido más satisfactorias relaciones sociales. En tres órdenes: su familia, sus amigos y su comunidad. Personas que no se ha aislado y que saben que apoyan a los otros y que cuentan con los demás.

Golfo Argólico

Atardecer en el Peloponeso

 

Su resultado no arroja dudas. El grado de felicidad no depende del número de amigos que uno tenga o de familiares, sino de la calidad de las relaciones que uno mantiene con los demás. Si son satisfactorias, sinceras, abiertas, verdaderas, intensas, saludables, entregadas, afectivas. Importa la calidad de la relación.

Contar con los otros, saber que están ahí; eso es lo que según este equipo de investigadores hace a una persona más feliz. Los jubilados más felices, cuentan, no son los que se aislaron en su mundo o se regocijaron con su trabajo, sino los que sustituyeron a sus antiguos compañeros de trabajo por nuevos compañeros de juego. Sugieren, como recomendación, que hay que entregarse a las relaciones con los demás, que la buena vida se construye con buenas relaciones. Quizás esa intensidad emocional de comunicarnos de verdad con gente nueva nos transmite esa sensación de felicidad que este equipo investigador define en su apabullante estudio.

A Grafitis con arte

A Grafitis con arte

 

En relación con este análisis, me invade la sensación de que apenas disfrutamos de los seres más queridos, más cercanos y más amados. Que la cotidianeidad y las obligaciones, las permanentes prisas, el ritmo que la vida actual nos impone o nos autoimponemos, hacen que no nos veamos con la frecuencia deseable con los familiares y amigos que queremos. Pasan meses sin ver a amigos de verdad, a familiares a los que extrañamos. A padres, hermanos, hijos o primos. Hemos escogido un modelo de sociedad que nos reporta otras alegrías y oportunidades, que nos vuelca en nuestro trabajo exigente y gratificante, que nos permite conocer mucha gente nueva, encantadora, pero que en contrapartida nos lleva a renunciar, en gran medida, a las más cercanas y queridas. Alto precio pagamos de acuerdo con este interesante estudio que nos da una pauta interesante para no desviarnos del camino de la felicidad.

 

Google+ Golfo Argólico

 

Si queréis ver más fotos del Golfo Argólico, podéis entrar en este enlace.

 

Koiladha (Peloponeso), 16 de septiembre de 2018.

Autor: José Muro.

 

 

 

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