Sereno deambular, Leros

Sereno deambular, Leros

Leros

En nuestras recientes visitas a Nisyros, Halki y Symi, nos comentaron nuestras amigas Cris y Pili que una de las cosas que más les ha llamado la atención, aparte de la belleza de los tres lugares, es ver el cariño con que nos reciben los lugareños que conocemos. Les hemos llevado a estas tres islas y en las tres nos han recibido como si fuéramos muy viejos amigos a quienes hace tiempo que no ven. Una pareja joven que regenta una pequeña agencia de alquiler de coches o los dueños de mediana edad de un par de tabernitas a la que regresamos a cenar, nos reciben con efusividad sincera, dándonos abrazos y llamándonos por nuestros nombres. Pareciera que somos amigos suyos desde tiempos inmemorables y apenas hemos estado en un par de ocasiones previas, aunque eso sí, la comunicación en todos los casos fue muy fluida y cariñosa.

Dicen mis amigas que nos hacemos querer al tratarlos con naturalidad, con cariño y simpatía, sin la distancia arrogancia o superioridad que muestran algunos turistas. Yo pienso que hay par de ingredientes adicionales: por un lado, por tratarse de lugares aún sin masificar por hordas turísticas masivas y por otro lado el carácter entregado y sincero de estos isleños que les hace comportarse así. En muchos otros lugares del planeta en que he estado, en muchas más ocasiones que aquí, no nos reciben generalmente con esas muestras de cariño. La vida en estas pequeñas y poco habitadas islas es muy diferente a la de las grandes ciudades que nos hacen más individualistas, en las que andamos apresurados, sin apenas tiempo para compartir o conectar con los demás.

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La bruma del amanecer sobre la costa turca

Qué duda cabe que vivir en grandes ciudades como Madrid tiene enormes ventajas y oportunidades de toda índole, especialmente cuando uno es joven, pero también conlleva otros costes en términos de estrés y relacionamiento. Y eso que España es uno de ellos países con la gente más abierta y amigable del mundo, que nos gusta mucho charlar, “pegar la hebra” con desconocidos, en cualquier barra de bar, mercado o lugar de encuentro. No somos como la mayor parte de Europa central y del norte, donde no es usual hablar con desconocidos.

Esta quincena nos hemos movido poco, en distancias cortas, con fondeos al ancla con muchos metros de cadena o encapillados a alguna boya de las que algunas tabernas han ido instalando en algunas cerradas y poco concurridas bahías, con el fin de facilitar la llegada de veleros.

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Bella bahía de Xirocampos (Leros sur) donde fondeamos una y otra vez

Nos quedamos unos días en la amplia y protegida bahía de Xerokampos, al sur de Leros, en la que hay una veintena de aquellas boyas cuyos muertos, cadenas y cabos están bien mantenidos por las tres tabernas que hay en la orilla (no es necesario pagar ni cenar en ellas como contraprestación, aunque por deferencia las noches que salimos a cenar lo hacemos en aquella a la que pertenece nuestra boya, Aloni, muy recomendable). Da gusto sentir este ejemplar comportamiento de pequeños autónomos que sustituyen la labor de las ineficientes administraciones (otro día os contaré nuestras nefastas experiencias con las boyas propiedad de organismos públicos en Baleares).

Se nos acercan en su auxiliar a saludar e invitarnos a cenar a su barco una pareja de españoles. Dora y Miguel. Simpáticos y grandes marinos. Dieron la vuelta al mundo en su velero OCEANO VI (aunque un guardia civil, al entrar en el mar menor les detuvo para inspeccionarlos y les espetó “qué bonito y original es el nombre Oceanoví de vuestro barco”) durante diez largos e intensos años siguiendo la ruta del caribe, canal de Panamá, Galápagos, Polinesia, Australia, Indonesia, India, Suez y de nuevo al mediterráneo. Tras regresar hace una década se quedaron con su barco deambulando por estas islas griegas. Divertidos y plagados de anécdotas que compartir.

Cuando uno comienza a transitar por este ambiente de marinos y navegantes, inicialmente la mayoría de gente que conoce, vecinos que amarran sus barcos en nuestro puerto deportivo se limita, al igual que nosotros a navegaciones costeras en nuestro perímetro y fondeos cercanos, soñando con lejanos mares, pero son muy pocos los que hacen realidad esos sueños. Algunos, más osados, alargan sus singladuras a Baleares o participaban en regatas de club o de altura.

Según nos fuimos alejando de nuestro puerto base y llegando a fondeaderos remotos, de más difícil acceso, hemos venido conociendo cada vez más navegantes que viven varios meses al año o incluso permanentemente en sus barcos, deambulando por estos mares tan ricos en sorpresas, visitando pueblos y bahías cargadas de historia, fondeando en lugares idílicos. Pero lo mejor son sus gentes. Navegantes y locales. Con buena disposición anímica y muchas historias para contar y compartir. La verdad es que quizás sea ese el gran tesoro de la navegación.

Con tanto fondeo nos estamos asilvestrando. Para no tener que regresar a hacer aguada, estiramos el contenido de los tanques, enjabonándonos y aclarándonos en agua de mar para concluir con una breve ducha en el escalón del espejo de popa con agua dulce. Además de baldear la cubierta con agua de mar, también limpiamos los cacharros de cocina, salvo el último aclarado. Así llegamos a duplicar nuestro tiempo de autonomía sin amarrar en puerto. Ello no quiere decir que no bajemos a tierra con el dinghi o vayamos a tomar algo a otro barco vecino, solo que dependemos menos de regresar a puerto.

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Solo agua

Leros es una isla tranquila con mucha actividad de veleros, ya que aquí hay tres varaderos, donde muchos invernan. Nosotros hemos inspeccionado los tres y ya hemos decidido en cual vamos a dejar el FENQUE este invierno. El que más nos ha convencido es Artemis Shipyard Leros.

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Platanos es la Chora o capital de Leros

En esta pequeña isla, de apenas cinco mil habitantes, la presión migratoria y la llegada de pateras ha sido intensa y constante, superando en los momentos intensos a su propia población. Creíamos que el fenómeno se limitaba a las islas de más al norte, como Samos o Lesbos, pero nos cuentan que aquí, en Leros, ha sido enorme.

Aún se ven muchas mujeres cubiertas con sus hiyabs por sus calles y en el cercano campo de refugiados a la capital, donde han llegado a acinarse varios miles, aún permanece un millar, a la espera de otro destino. Esta isla, cercana a Turquía, al igual que la más turística Kos o en la bella Symi, no han quedado fuera del flujo de masiva emigración. Primero  fueron refugiados que huían de la guerra Siria, que desplazó a más de diez millones de personas (además de los dos millones de iraquíes que estaban refugiados allí por su guerra previa) y ahora son emigrantes procedentes de la región oriental de África o de países asiáticos, como Paquistán o Bangladesh.

Cada vez que caigo en la tentación de saber que está pasando en nuestro país cainita en este periodo de intransigencias e intolerancias, me acabo arrepintiendo y llego siempre a la misma conclusión. Comparto con aquel gran intelectual, empresario y político de hace un siglo, que fue el  conde de Romanones, el pesimismo sobre la condición humana cuando decía que solo movían a los dirigentes las pasiones, la codicia y la ambición personal y que para lograr el poder hacían lo que fuera necesario, sin miramiento alguno.

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Las cabras se señorean en los campos de Leros

La mayoría de la gente se deja manipular y dirigir en sus opiniones y creencias, sin siquiera darse cuenta, sin desarrollar su propio criterio, ni realizar un análisis desapasionado de una situación. Millones de personas se “apuntan” a modas o tendencias, sin cuestionarse o plantearse porqué lo hacen. De repente unos se han vuelto fervientes nacionalistas o reivindicativos de un pasado inexistente y otros adictos a las series o a los grupos de WhatsApp de lo que sea, de cualquier tontería. Confirmando el conocido paradigma de los cinco monos que explica muy bien esa tendencia.

El experimento, desarrollado en los años sesenta, consistía en encerrar en una jaula a cinco macacos, y colocar en lo alto de una escalera, bien alto, un racimo plátanos. Cada vez que un mono subía por la escalera en busca del manjar, el resto recibía un potente manguerazo de agua fría. Pasado algún tiempo ningún mono subía ya por la escalera, por miedo al efecto desencadenante. Fueron sustituyéndolos, uno a uno. Primero un mono por uno nuevo. El novato, al llegar, trataba de subir a por las bananas, recibiendo tremenda paliza de los demás, temerosos del manguerazo, hasta que dejaba de intentarlo. Y así sucesivamente fueron realizando los cambios paulatinamente.

El primero sustituido participó en la paliza al segundo y así este se unió a golpear al tercero y a los sucesivos y eso que ya no recibían chorro de agua, pero habían interiorizado el comportamiento. Una vez sustituidos los cinco por cinco nuevos de los que ninguno había recibido el manguerazo, si alguno trataba de subir, los demás le daban tremenda paliza, aunque ya no recibían agua fría. Se quedaron entonces con cinco monos nuevos que se encargaban de golpear a quien lo intentara, siguiendo el comportamiento heredado. Pero ninguno de ellos sabía por qué golpeaban a quien subía. Es lo que vieron y encontraron al llegar y siguieron con la “tradición”, haciendo las cosas como “siempre se habían hecho”…. ¿Nadie se preguntaba por qué…?¿Os suena?

Kos, 1 de agosto de 2019.
Autor: José Muro.

Flickr imágenes de primeras impresiones del Dodecaneso

Si quieres ver todas las imágenes de Leros, podéis encontrarlas en nuestra coleción de álbumes.

 

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